La duración habitual del sueño no es una cantidad constante, sino que experimenta variaciones considerables en el transcurso de la vida; podemos distinguir dos tipos distintos de cambios. El primer tipo corresponde a las variaciones en función de la edad, las cuales afectan a todos los individuos de forma muy similar. Durante el primer año de vida, se produce una clara disminución de la cantidad de sueño; después esa disminución se hace más lenta, hasta alcanzar la edad de veinte años, permaneciendo relativamente constante hasta la edad senil, donde se aprecia una progresiva disminución. El segundo tipo de variaciones son las producidas por un conjunto de distintos factores, como la nutrición, el ejercicio físico, el clima, la calidad de vida, el estado de salud,...
La cantidad necesaria de sueño en el ser humano depende de factores biológicos, conductuales y ambientales; la forma en que actúan estos factores varía considerablemente de unas personas a otras. Podemos señalar varios hechos que diferencian a las personas como son: el patrón de sueño largo o corto, patrón de sueño eficiente o no eficiente, la tendencia a trasnochar o madrugar,...
La mayoría de los niños pasa por alguna época durante la que presenta algún problema o dificultad para conciliar el sueño.
En ciertas ocasiones estos problemas son pasajeros, no teniendo mayor consecuencia que el malestar familiar que pueden ocasionar, pero otras veces estos problemas pueden ser más graves estableciéndose a lo largo del tiempo y necesitándose la ayuda de un especialista para solucionarlos.
Existe una serie de factores que pueden mejorar o deteriorar la calidad del sueño; todos ellos hacen referencia la higiene del sueño, la cual implica una serie de prácticas necesarias para mantener un sueño nocturno y una vigilancia diurna normales.
Tenemos que enseñar a nuestros hijos a conciliar el sueño solos, por sus propios medios.
Cantarle, mecerlo, dormirlo en brazos, darle la mano, pasearlo, darle una vuelta en coche, acariciarlo, palmaditas, darle un biberón o el pecho, acostarlo conmigo, acostarme con él, ... Si nuestro hijo depende de alguna de estas cosas para dormirse, cuando se despierte a media noche, ¿qué ocurrirá? Llorará, se asustará, no querrá volverse a dormir si no se repiten esas circunstancias. Debemos no tomar parte activa, para que nuestro hijo se duerma. Ha de aprender solo, para ello contará con esos elementos externos que sí permanecerán junto a él toda la noche y cuando se despierte, se tranquilizará porque "todo seguirá igual".
Por último, resaltar que a dormir bien se aprende y por tanto, es fundamental inculcar en el bebé unos buenos hábitos desde el nacimiento, los padres han de transmitir al niño tranquilidad y seguridad para que éste considere el momento del sueño como lo que es, una parte más de su vida, que le ayudará a desarrollar actividades cuando esté despierto. Una manera de darle esa seguridad es estableciendo una rutina en el momento de irse a la cama, poner un horario y cumplirlo. Se puede iniciar con un baño relajante y darle la cena a continuación. Mas tarde llevarlo a la cama, donde se puede dedicar un tiempo corto a mirar un cuento o a cantar alguna canción y dejarlo solo para que poco a poco se duerma.